Este texto forma parte de la serie Voces desde la distancia, una iniciativa que busca hilar la permanencia en los días de aislamiento desde la contemplación de seis escritores, cada uno con una mirada atenta (y a veces diluida) al ruido que contienen las paredes.


Texto: María Victoria Santos.


Alguien me habla de «el país que ahora es tu casa» y horas después me doy cuenta de que quien me lo dijo y yo interpretamos cosas distintas por esa frase. Ella me hablaba de España, país en el que ahora vivo, y yo lo interpreté como que mi casa, estos días, es mi país. 

Desde que me independicé, hace un par de años, tengo una relación bastante protectora con mis espacios: físicos, mentales, emocionales. Creo que quizá los defiendo con más fiereza de la que debería. Es innecesariamente fácil para mí sentirme invadida por el otro, el resultado de más de dos décadas de ser lo que en tiempos millennial definimos como people pleaser. Ahora, cuando empecé a aprender a dibujar límites, a flexibilizarlos, a cuidarme y a entender que los vínculos y la interacción se moldean constantemente, me hace falta muy poco para sentirme violentada y levantar una muralla. Aquello de estar siempre a la defensiva, que tanto me reprochan desde todos los frentes. Estoy trabajando en ello.  

Estos días, mi casa se ha convertido en mi país porque no puedo salir de ella sin arriesgarme o arriesgarnos a algo más grande que todos nosotros. No hace falta usar la palabra que ya conocemos, tan desgastada en las lenguas y los paladares, tan explotada en Internet y en llamadas trasatlánticas con familiares y amigos preocupados. No quiero decirla ni escribirla, pero todos sabemos de qué hablo. Con el aislamiento y el silencio viene, inevitablemente, la reflexión. Pienso en mis espacios, en esta casa interior que defiendo como un animal recién parido a sus cachorros, en todas las veces que he reaccionado a la defensiva ante un vínculo que se acercaba peligrosamente a mi vulnerabilidad. Pienso que di por sentado cada una de mis caminatas mañaneras por la Diagonal, las personas que me cruzaba cada día exactamente en los mismos puntos del recorrido, la libertad implícita de ser dueña de mis movimientos. Intento desligar la emoción de los hechos: volveremos a ello, sin duda. Hace un par de noches le dije a alguien: «Volveremos al tacto y a la vida y a estar todos juntos y al deseo y a las calles y a los cuerpos». No todos, claro. Pero muchos de nosotros sí. 

Volveremos y, mientras tanto, habito esta casapaís por unos días o semanas. Llevo años explorando qué es, para mí, la casa.  En estos tiempos quizá sea el sonido tranquilizador de la cafetera por las mañanas, que me recuerda que todavía queda algo de mis rutinas. Joan Didion escribe en The Year of Magical Thinking que, cuando nos enfrentamos al desastre repentino, nos enfocamos en lo mundano de las circunstancias en las que ocurrió lo impensable, en la naturaleza ordinaria de todo lo que precede al evento. Por estos días casi todas mis conversaciones giran en torno a lo «normal» que era la vida hace una semana. 

Tengo dos años levantado murallas y, tras varios días de encierro, quiero convertirme en una máquina demoledora y acabar con todo. Quiero abrazar, tocar, hablar, besar, ver a los ojos. Quiero ser vulnerable ante el otro e invitarlo a pasar a esta casa que a tropiezos y tortazos he ido construyendo. No soy tan optimista como para tranquilizarme pensando que «todo esto tendrá sentido» o que «esto ocurre por algo», pero tampoco puedo evitar que este silencio me lleve a pensar, sobre todo, en cómo estoy viviendo mi vida, en cómo estoy tejiendo y ejerciendo mis vínculos y en cómo quisiera vivir de ahora en adelante, «cuando todo vuelva a la normalidad», como tanto repetimos. 

No voy a engañarme (engañarnos) afirmando que seré una versión evolucionada de mí misma o que me empezará a gustar la cebolla, pero sí creo que la pausa, el aislamiento, la incertidumbre, la vulnerabilidad y el miedo me han acercado más a esa humanidad que guardo en el pecho y que normalmente es ruido de fondo tras la rutina y lo cotidiano. Y no sé qué va a salir de todo esto.

Un comentario en “Voces II: El país que ahora es mi casa

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